¡Una reflexión desde la infancia. En tiempos de cuarentena!

Ella es una niña de 7 años cuyo nombre me reservaré. Yo soy un profesor que trabaja como pedagogo social y en resumen, debo cuidarla y contribuir a su formación para la vida. Como todo ser humano, tiene una historia detrás, una de esas que no creemos posible en niños de su edad.

De ahora en adelante la llamaré Kelly, pues me recuerda a una estudiante que tuve con un perfil muy parecido. La sociedad la ha incluido en ese nicho social rotulado como “niños vulnerables”. Si, es una lástima, todos los profesionales en educación quisiéramos que estas historias fueran eso, solo historias.

Empecé a trabajar con ella hace un mes. Como era de esperarse al principio puso un poco de resistencia, pues después de todo sería natural que se preguntara ¿por qué habría de confiar en mi? Yo perseveré y pude romper el hielo, desde entonces, poco a poco y desde el compartir se ha ido construyendo una relación soportada en el afecto.

Hoy fue un día particular, me motivó a empezar a escribir, pues mientras la ayudaba a  dormir tuve una conversación con ella que me dejó pensando. Antes de entrar en detalles les quiero contar un poco mi día de trabajo. Inicié alrededor de las cinco de la tarde una jornada más de pedagogía social, a los que me leen desde Colombia ya les contaré esto con qué se come.

La tarde era irlandesa, lo digo porque el cielo estaba decorado por nubes grises, dicen ellos que es normal. La temperatura no era baja, tampoco alta, pero si perfecta para mi gusto. Cuando ingresé a mi lugar de trabajo, saludé a Kelly, ella respondió con esa efusividad que la caracteriza cuando está de buen genio. Inmediatamente después me dijo: -Hernán, llévame a los columpios, quiero jugar-. Yo acepté, pero ese deseo no duró más de tres minutos, luego quiso cambiar de actividad.

Me dijo, -espérame aquí yo traigo algo de mi cuarto-. Cuando regresó, su mano era decorada por un “spray”, ella lo llenó con jabón y agua, y me pidió que la acompañara alrededor del sitio. Mientras tanto me decía: -sabes, el virus está fregado, cada día tenemos más casos y sé que está en el ambiente. En este “spray” hice mi propia sustancia para combatirlo, acompáñame a regar nuestro alrededor para que estemos a salvo.-

Esa inocencia que caracteriza a TODOS los niños, sigue ahí. Kelly, a pesar de su historia, mantiene su creatividad y lleva por dentro ese espíritu de querer salvar al planeta. Fue imposible no hacer una pausa mental para compararla con el comportamiento de niños en otras latitudes, la experiencia me ha permitido interactuar con criaturas de diferentes nacionalidades y de nuevo concluyo que en esencia todos son iguales, todos son genios en potencia.

Después de un rato cenamos, charlamos por otros minutos y le pedí que se organizara para acostarse. Ella respondió: -está bien, me pondré mis pijamas y te llamo cuando esté lista.- Así lo hizo. Tardó aproximadamente 15 minutos en llamarme. Ingresé a su habitación y ejecutamos esa rutina de todos los días antes de dormir. Básicamente se juega en algún dispositivo electrónico, después se observan videos de su serie favorita y por último, se lee un libro.

Es aquí en donde me quiero detener; por un momento me dijo: -Hernán, te parece bien si te cuento un poco de mi historia, a veces me hace falta tener con quién hablar.- Yo respondí: -claro que sí, estoy aquí para escucharte. Todos tenemos historias, hace parte del aprendizaje de la vida.-

Respondió: -muy bien. Mira, he tenido cuatro papás, uno falleció, no tiene sentido hablar de él, murió en un accidente de tránsito. Sin embargo, otro de ellos me pone muy triste. Yo lo amaba, pero él me trataba como basura. Todos los días llegaba del bar, olía a perfume y tenía brillo en sus labios. No trataba bien a mi mamá, nunca nos decía buenas noches antes de dormir y tampoco nos cocinaba. Sin embargo, yo lo amaba pero él nos dejó.-

Yo la escuchaba, la miraba e internamente pensaba en que una niña de solo 7 años me estaba hablando como si tuviese 15. Conectaba los puntos y varias preguntas suscitaban. Pues me parecía interesante pensar en su cabeza ¿qué quería decir al expresar que tenía cuatro papás? además, ¿cuál era su figura de padre ideal? pues clamaba afecto y manifestaba que el papá que amaba, la trataba como basura por no decirle buenas noches, no prepararle alimentos y no manifestar cariño.

Ella continuó su narración y en un momento con deseos de llorar, dijo: -Hernán, gracias por escucharme, perdóname, no entiendo en qué momento resultamos hablando de cosas negativas, yo no quise hacerlo, cambiemos de tema. Yo respondí, -no te preocupes, para eso estoy aquí, para escucharte.- Ella terminó, -gracias, de verdad, muchas gracias. Antes de llegar aquí tuve una familia adoptiva, me trataban como basura, creían que yo era una esclava, gracias a Dios me cambiaron para acá. Sé que pronto podré volver a estar con mi mamá, de verdad la extraño mucho.-

La dinámica continuó, seguimos con la rutina expresada, terminamos de leer y le pregunté que si le gustaría rezar el padre nuestro y me dijo: -no Hernán, los temas de la iglesia solo los hago allá, pues me traen malos recuerdos y no quisiera eso en mi cama. Pero si quieres, si te sientes mejor, lo podemos hacer.- Sentimientos encontrados, para mí seguía siendo difícil procesar que era una niña de 7 años la que se expresaba.

He podido trabajar con niños durante varios años, de hecho, cuando ella nació ya yo trabajaba con unos cuantos. Sé que algunos agregan un poco de imaginación en sus historias y que muchas veces, no todo lo que dicen es cierto. Sin embargo, desde el punto de vista psicológico, se sabe que así haya creatividad en sus relatos, esa creación tiene una causa, la misma que trataré de encontrar en el camino.

Así mis apreciados lectores, sin saber qué porcentaje de sus historias son ciertas, puedo concluir que deja mucho qué pensar. Pues ella sólo describe un hogar muy común, y es ahí, en donde los adultos podríamos hacer una pausa para evaluar ¿qué tipo de crianza le estamos dando a nuestros hijos? y para dejar de pensar que porque son niños; no entienden, no escuchan o no ven.

Cierre su computador o bloquee su celular y tómese cinco minutos para reflexionar acerca de su experiencia diaria, y así, evite que la historia de Kelly se repita cerca de su casa, o peor aún, en la suya. Pronto les estaré contando más sorpresas de esta infancia que hoy me rodea. Y usted; ¿tiene algo por compartir?

¡En tiempos de cuarentena, reflexionemos juntos!

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